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Johann Cristoph Gundlach

Por Rosa María González López

Johann Cristoph Gundlach (Alemania, 1810 –Cuba, 1896),  el alemán a quien el mundo hispanoamericano nombró Juan Cristobal Gundlach  y el sol de los trópicos bronceó la piel hasta el punto de poner en dudas su origen germano, fue muy conocido en nuestros campos por "El naturalista", y distinguido por la intelectualidad como "Sabio".  Aunque nunca sumó riquezas, se reconoció como hombre afortunado, si lograba con su trabajo que la ciencia adelantara. Cuba le abrió los brazos en 1839, y él se trazó el propósito, desde entonces, de dedicar su vida al conocimiento de la tierra que consideró como su segunda patria.

De niño aprendió la disección y la taxidermia como ayudante de uno de sus  hermanos, que era médico y conservador de una pequeña colección zoológica. Siendo un adolescente se ocupó como curador de las piezas de la Cátedra de Zoología en la Universidad marburguense,  gracias al empleo facilitad por un amigo de su padre que dirigía el Gabinete Zoológico en aquel centro de altos estudioso. Ocasionalmente componía animales que llegaban a sus manos como trofeos de caza.

Con matrícula gratis, por ser el hijo de un profesor universitario fallecido, inicio sus estudios superiores graduándose como Dr.  en Filosofía en el año 1837, después de rendir con calificaciones excelentes, el rigurosum, un severo examen oral al cual siguió su habilitación, es decir, la presentación de la tesis doctoral que versó sobre las plumas de las aves. Poco más tarde, amplió su cultura ornitológica en el Museo de Fráncfort, y se hizo miembro de la Sociedad de Historia Natural de Cassel.

Con tales títulos y la experiencia como curador, pero sobre todo, ávido por conocer la fauna de las regiones tropicales, llegó a La Habana. Lo acompañaban en su viaje dos jóvenes amigos con iguales motivaciones, el malacólogo Louis Pfeiffer y el botánico Edward Otto. Los tres venían respaldados con una carta de presentación del célebre Alejandro de Humboldt para Joaquín Ezpeleta, entonces Capitán General de la isla. Sin embargo, pasado dos meses, Pfeiffer regresó a Alemania, y Otto, luego de recorrer lugares de interés en el centro y en el occidente, partió a Venezuela.  Gundlach desistió de su idea original que era visitar Surinam, para quedarse definitivamente en Cuba.

En la provincia de Matanzas fijó su residencia y allí comenzó labores de exploración y captura de especímenes de la fauna. En 1847 en la estancia El Refugio, cerca de Cárdenas, abrió al público una colección cuyo primer ejemplar fue un zunzuncito (Mellisuga helenae), el ave más pequeña del mundo. Esta colección –ubicada después en el ingenio Fermina en Jovellanos–  alcanzó la categoría de Museo Zoológico Cubano por la variedad y rareza de sus piezas y fue  el primero de sus características que existió durante el periodo colonial
En 1853 realizó su primer viaje de exploración a la Isla de Pinos (actual Isla de la Juventud), donde colectó ejemplares malacológicos para sus investigaciones y  para las de su colaborador más directo, el naturalista Felipe Poey y Aloy.  Ambos se conocieron personalmente en 1852, aunque desde mucho antes se carteaban y se consideraban como almas gemelas dedicadas a los estudios de la naturaleza.

En el verano de 1855 emprendió Gundlach un recorrido por las provincias centrales y orientales, el cual tuvo como partida la Ciénaga de Zapata. Este gran viaje, que duró tres años, aportó un sinnúmero de datos de interés zoológico, botánico, geográfico y hasta folklórico incluidos, luego, en varias obras científicas publicadas en Cuba y en el extranjero. Enriqueció sustancialmente su museo, las colecciones privadas de algunos colegas radicados en la isla y en otros lugares de Europa y América, asimismo los gabinetes de Historia Natural de varias instituciones, entre ellas, el de la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana y el de la Sociedad de Historia Natural de Cassel.

De los exponentes que fueron exhibidos en el Museo de la corporación científica cubana se beneficiaron entre otros interesados, los estudiantes de la Facultad de Ciencias de la Universidad. Los enviados a Alemania –perdidos desafortunadamente a consecuencia de la Segunda Guerra Mundial en el pasado siglo–  estimularon favorablemente el interés por el estudio de la zoografía antillana.

De esta época son sus observaciones sobre el autóctono y hoy día extinto guacamayo cubano (Ara cubensis),  del cual ya significaba y lamentaba una notable disminución de sus poblaciones, o las del carpintero real (Campephilius principales), retirado a parajes poco frecuentados por el hombre por la ya evidente destrucción de los grandes bosques y la persecución de cazadores inescrupulosos.

En 1867 acudió como delegado designado por Cuba a la Exposición Universal de París,  en la que su Museo Zoológico fue galardonado con una medalla de plata por los  valores científicos y artísticos atesorados y por ser el único de su tipo que allí se mostró.

Viajó a Puerto Rico al menos en tres ocasiones. De estas visitas, las realizadas en 1873 y 1875 al 76 fueron realmente transcendentales para el conocimiento de la fauna borinqueña. Colectó ejemplares zoológicos y botánicos, ordenó y clasificó colecciones privadas y de centros educacionales, envió a sus corresponsales en Europa mucho material científico y dejó como constancia de su significativa visita, discípulos continuadores de su obra.

En abril de 1892 el gobierno colonial español accedió a adquirir las piezas zoológicas de Gundlach para el Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana. A partir de ese momento el naturalista ocupó el cargo oficial de curador de las colecciones con un salario fijo, el primero que recibiría en su vida. El 17 de julio de 1895, justamente el día de su cumpleaños 85, inauguró con toda solemnidad, acompañado de sus amigos, patrocinadores y de la familia cubana que lo acogió y ayudó, el Museo Zoológico Cubano Juan Cristobal Gundlach, ubicado en un local privilegiado del Instituto. Hoy estas piezas, agrupadas en una colección histórica en el Instituto de Ecología y Sistemática del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente, se mantienen para el aprovechamiento de investigadores en la rama de la biología.

La riqueza existente en ese conjunto patrimonial de fauna cubana se puede apreciar en un delicado y bien montado repertorio entomológico, o en el que contiene los ejemplares herpetológicos en los que se pueden apreciar, aun hoy, conservados en el líquido preservante y en sus frascos originales de tapas de cristal rotuladas y esmeriladas para evitar la evaporización, muchos reptiles exclusivos de Cuba. La colección de caracoles, compuesta por varios centenares de conchas de moluscos marinos, terrestres y fluviales, y la colección ornitológica –la disciplina preferida por Gundlach– integrada por gran número de aves, de ellas, muchas oriundas de Cuba y otras de Puerto Rico, además de incluir huevos y nidos de pájaros, algunos en diferentes etapas de su desarrollo o representando curiosas coloraciones melánicas.

Gundlach falleció a consecuencia de un proceso gripal devenido en bronconeumonía en la casa de Cecilia de Cárdenas, la joven a la cual unos años antes había entregado –en reconocimiento a la hospitalidad que ella y su familia le brindaron a lo largo de sus muchos años en Cuba–  todas las ganancias obtenidas de la venta del museo al gobierno español. No dejaba al morir bienes materiales, pues su mayor riqueza siempre había consistido en el conocimiento de la naturaleza cubana.

Sus restos reposan hoy en un panteón de la Necrópolis de Cristóbal Colón, en la Ciudad de La Habana.


Publicada: 14/07/2010
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