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Ediciones Boloña > Artículos > La Habana bajo el reinado de los Austrias
 
La Habana bajo el reinado de los Austria

Por Jorge Echeverría Cotelo, museólogo

César García del Pino (1921), diplomático, filósofo, arqueólogo, se distingue como investigador histórico. Se ha desempeñado en fechas más recientes, dentro de su larga carrera, en la Biblioteca Nacional José Martí, CARISUB y actualmente labora como asesor en el Gabinete de Arqueología de la Oficina del Historiador de la Ciudad. Ha realizado una muy valiosa labor en archivos cubanos y extranjeros, entre ellos el de Indias en Sevilla, cuyo resultado ha sido una extensa creación bibliográfica.

La Habana bajo el reinado de los Austria, obra con la que César prestigia la 18va. edición de la Feria Internacional del Libro de Cuba, tiene como puntos de partida testimonios, cartas, disposiciones reales, correspondencia oficial y otros documentos de la historia colonial, que nos permiten acercarnos a tan convulso período.

Las flotas, el contrabando, el corso y la piratería, los ataques a La Habana en el siglo XVI, el comienzo del XVII, la agudización de la guerra en el Caribe, las costumbres y otros temas nos trasladan a la época con detallada descripción y análisis.

Inicia la obra con la ubicación geográfica del archipiélago cubano, y César deja que sea Alejandro de Humboldt quien plantee que «…la importancia política de la isla de Cuba no consiste únicamente en la extensión de su superficie […] ni en la admirable fertilidad de su suelo […] sino que aún es más considerable por la posición geográfica de La Habana…».

La lectura nos hace vivir la permanencia de las flotas de Tierra Firme y de Nueva España en el puerto durante el intenso movimiento que formó a La Habana como centro comercial. Esta importancia creció con el tiempo e hizo que Felipe II, el 20 de diciembre de 1592, le concediera el título de cuidad.

Al quedar el mundo mal dividido entre España y Portugal, las demás naciones europeas se vieron excluidas de los beneficios que significaban las relaciones con el Nuevo Mundo. Franceses, ingleses y holandeses se negaron a admitir tal partición, y la respuesta fue la participación por medio del corso y la piratería. El contrabando también fue el modo de comerciar, y La Habana no quedó exenta.

El autor nos traslada al primer ataque enemigo que se produjo en el verano de 1538, cuando un corsario francés fue dueño de la villa durante quince días. Poco después el gobernador De Soto llegó a La Habana, y antes de partir hacia La Florida en la primavera de 1539 dejó encargada la construcción de una fortaleza; en marzo del siguiente año quedó acabada La Fuerza –o La Fuerza Vieja, como la conocemos hoy, y de la que no quedan vestigios. Sin percatarnos, el tiempo avanza hasta 1555, cuando Jacques de Sores asaltó y tomó a La Habana. Tan detallada es la descripción del hecho, que nos parece estar en el combate o después, en la edificación del Castillo de La Real Fuerza.

La Corona española no puede desconocer el peligro inglés. Juan de Texeda, gobernador y capitán general, y Bautista Antonelli, ingeniero militar, son encargados del proyecto de defensa para la cuenca del Caribe, y en particular de La Habana, para la que concibieron los castillos de Los Tres Reyes del Morro y San Salvador de La Punta. Junto a la fábrica de fortalezas, despuntó la construcción naval en la ciudad, donde se destacaron maestros como Ferrara y los Pimienta.

En los comienzos del siglo XVII nos hallamos en tiempos del gobernador Valdés, quien impulsó las defensas de La Habana y desarrolló la actividad de fundición; cañones y campanas se destinaron a las fortalezas e iglesias respectivamente, hasta tanto ello no afectó los intereses de Sevilla.

César nos hace convivir con las fiestas de los habaneros de la época. Acudimos a tragedias como el gran incendio de 1622, que se dice arrasó parte de la ciudad, aunque la preocupación por la defensa era la constante, tanto como la amenaza enemiga. La falta de recursos para comenzar la construcción de las murallas hizo que se erigieran entonces los torreones en las desembocaduras de los ríos La Chorrera y Cojímar. La actividad cultural de La Habana se pone de manifiesto, en el periodo que nos ocupa, por la afición de los vecinos al arte y la preocupación por la educación de sus hijos.

En el año 1649 apareció por primera vez la fiebre amarilla en La Habana, donde la tercera parte de la población fue diezmada entre mayo y octubre. La medicina continuaba desarrollándose en la villa, y más de un médico aparece en la lista de vecinos, pero no es hasta el periodo comprendido entre 1663 y 1672, que el doctor Lázaro de Flores redacta el primer texto científico producido en Cuba, impreso en Madrid en 1673.

Cierra la obra un apéndice con una relación de precios de mercaderías, un índice onomástico y un glosario, que ayudarán aún más a comprender y hacer fructífero este viaje por la villa y luego ciudad de San Cristóbal de La Habana.

La invitación del autor a pasear junto a él por La Habana bajo el reinado de los Austria concluye el 30 de noviembre de 1700, con la muerte de Carlos II, pero la ascensión al trono de un monarca de la Casa de Borbón nos hace esperar por una nueva invitación, para recorrer entonces, junto a César García del Pino, «La Habana bajo el reinado de los Borbones».

 
 
 
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