| Por Madeline Menéndez La conservación del trazado originario de la ciudad, su estructura urbana y la arquitectura –representativa de más de cuatro siglos–, el atractivo paisaje natural que la rodea, junto al legado de su historia y la voluntad asumida por el Estado cubano hacia su preservación, permitieron que, en 1982, la UNESCO confiriera categoría de Patrimonio Cultural de la Humanidad al Centro Histórico de La Habana.
Entre tales valores prevalece la arquitectura doméstica, calificadora por excelencia de los diversos ambientes urbanos, de modo que la rehabilitación del Centro Histórico sería un propósito absurdo si no llevara implícita, como una prioridad, la conservación de ese conjunto edificado dominante.
El Centro Histórico de La Habana, en pleno proceso de recuperación, es hoy escenario de una fuerte dinámica funcional dentro de la cual, la arquitectura doméstica recibe un doble impacto. Por un lado, el que, como en el resto de la ciudad, provoca su adecuación –dentro de la propia función residencial– a los nuevos requerimientos e intensidades de uso que impone la contemporaneidad y las difíciles circunstancias socioeconómicas, y por otro, el derivado de la asimilación de otras funciones, necesarias y convenientes, tal como históricamente lo ha hecho en correspondencia con la centralidad del conjunto urbano. Es este uno de los mayores desafíos que debió asumir la Oficina del Historiador al enfrentar el proyecto de recuperación de La Habana Vieja y la salvaguarda de sus valores patrimoniales.
Y es que en la protección de las áreas urbanas patrimoniales, y dentro de ellas los centros históricos, es inevitable la asimilación de nuevos usos, y la aceptación de cambios en las modalidades e intensidades de los tradicionales. En los centros históricos son requisitos indispensables para su vigencia: el fortalecimiento –o recuperación– de la centralidad, y el aseguramiento de la heterogeneidad funcional, dentro de un conveniente equilibrio de usos.
La armonización entre realidades y voluntad política e institucional para rehabilitar esta zona entraña la aplicación de instrumentos capaces de orientar las decisiones relativas al uso futuro de las edificaciones, y el modo de asumir las intervenciones constructivas. Uno de estos instrumentos básicos es la clasificación tipológica del fondo edificado, información que permite evitar maniobras traumáticas y costosas, y posibilita una fidelidad superior en el respeto a los valores patrimoniales de cada uno de los inmuebles.
Ese fin alentó mi Tesis Doctoral “Tipología de la arquitectura doméstica de La Habana Vieja. Su aplicación a los programas de rehabilitación”. De dicho estudio surge este libro (La casa habanera), repensado para un lector más amplio. Presento, pues, aquí una pequeña parte de la muestra considerada en la investigación, especialmente aquella menos conocida y divulgada por la bibliografía actual, con el interés de complementar la información acerca del rico y variado repertorio de la arquitectura del Centro Histórico.
La investigación abarcó la totalidad de las construcciones de origen doméstico existente dentro de los límites establecidos para el Centro Histórico. Ello implicó el reconocimiento tanto de exponentes de la arquitectura colonial como republicana; los representativos de los grupos de más alto rango social, como los testimonios de la arquitectura asociada a los sectores de menores recursos, generalmente excluidos en estudios de nuestra arquitectura habanera. La selección considerada en los análisis fue, además, representativa de los diversos sectores urbanos que integran el área.
Se trata esta de una tipología de existencia, es decir, centrada en la arquitectura doméstica que conserva en la actualidad el Centro Histórico. Su estudio partió de la observación de la organización espacial propia de las diversas soluciones arquitectónicas, juzgando que, si bien cada una correspondió en su momento a determinadas condiciones históricas y socioeconómicas, hoy continúan imponiendo su modo particular de funcionamiento a cada estructura, y facilitan o limitan el ajuste de las edificaciones a los nuevos propósitos. El análisis permitió la detección de un grupo de rasgos o comportamientos –constantes en numerosos casos– que condicionan la capacidad funcional de la arquitectura.
La estructura tipológica, una vez aplicada al inventario físico del conjunto urbano –información digitalizada y expresada sobre base cartográfica–, permitió comprobar el comportamiento urbanístico de la distribución de los diversos tipos, aspecto determinante en la caracterización de la imagen resultante. Lo anterior posibilita la delimitación de sectores o zonas de relativa homogeneidad, para la elaboración de una normativa enfocada hacia la preservación de sus especificidades.
Es una satisfacción para mí que los resultados de la investigación se hayan integrado a los sistemáticos procesos de gestión del Centro Histórico, y que su aplicación en las Regulaciones Urbanísticas del área contribuya a orientar y controlar la actuación sobre el valioso fondo edificado.
La antigüedad, el indetenible deterioro y las transformaciones, constituyen parte de los riesgos que afronta la conservación de nuestro patrimonio. Estoy convencida de que algunos de los inmuebles en los que aquí me detengo, no lograrán salvarse, solo nos quedarán referencias gráficas, testimonios de sus características técnicas y formales. De alguna manera la memoria que fomenta este libro contribuirá también a incrementar el conocimiento y la sensibilidad de las nuevas generaciones hacia la arquitectura habanera y el destino de una ciudad que continúa planteándose el reconocimiento y rescate de su identidad a partir del pasado, esmerándose en los preceptos y en la experiencia que concede vivir en los albores del siglo XXI.
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