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La ciudad encontrada

Por Lourdes Domínguez

De una larga historia es la ciudad de La Habana, cuanto se ha dicho y cuanto se ha escrito de ella; se ha estudiado su arquitectura única y viva; de sus habitantes, de su puerto carenero, que jugó un papel tan importante desde el inicio de su existencia como ciudad, de todo lo que se comerció, pero en verdad se ha hecho muy pocas veces referencia a su arqueología. Son pocos los que han escrito de su antropogénico suelo, de lo que la información nos pudiera decir.

La potencialidad arqueológica que se presenta en La Habana Vieja es incalculable, a tal punto que pensamos que serán varias generaciones las que dispongan de su conocimiento, ya que el grado de autenticidad de sus edificios y de los espacios urbanos, concebidos en diferentes épocas, así como la inalterabilidad de su subsuelo hacen de esta ciudad el sueño de los arqueólogos históricos.

Desde los años sesenta del siglo XX es común el debate entre los arqueólogos especialistas acerca de la autonomía de la Arqueología Histórica como disciplina científica; algunos piensan que se trata de una herramienta de la Historia propiamente dicha, otros que es una técnica y otros que solamente es un subcampo de la propia Arqueología. Nosotros la consideramos una ciencia y, sobre todo, una ciencia social independiente en tanto posee su propio corpus conceptual y su objeto de estudio muy bien definido, y que no es otra cosa que el estudio de las huellas dejadas por el hombre en el curso de su existencia y que deviene cultura material de los pueblos.

También desde los años sesenta el debate giró en torno al propio nombre de esta ciencia: unos la llamaban Arqueología Colonial (de hecho, se llamó así por mucho tiempo); otros, Arqueología de niveles coloniales, Arqueología de la etapa colonial o hecha sobre sitios históricos. Lo más reciente: Arqueología urbana; todavía hoy esta discusión no define concretamente el nombre de la ciencia.

Sin esperar una definición consensuada, en La Habana Vieja se practicaban excavaciones arqueológicas con estas técnicas en sus inmuebles más antiguos para recuperar información de todo tipo, sobre todo de elementos materiales, para delimitar espacios que estaban ocupados con anterioridad y los cambios estructurales que originalmente se efectuaron en los inmuebles investigados.

No fue hasta 1968 que las labores arqueológicas en este contexto habanero se realizaron, junto al proceso de restauración y, sobre todo, a partir de una ejecutoria oficial y sistemática. Fue en ese año que se comenzaron a efectuar excavaciones arqueológicas en los predios del actual Museo de la Ciudad, otrora Alcaldía de la ciudad de La Habana y había sido Palacio de los Capitanes Generales durante el gobierno español.

la Habana Vieja fuera objeto de un sistemático estudio de su subsuelo, como parte del ambicioso plan de rehabilitación del patrimonio edificado que en ella aún se realiza.

Este trabajo se efectuó luego de seleccionar los inmuebles de alto valor patrimonial, incrementándose de forma tal que fue necesario fundamentar un presupuesto metodológico, para acometer –de manera ordenada y eficiente– la creciente demanda de trabajos arqueológicos, pues quedó establecido que todo intento restaurador lleva consigo una investigación arqueológica previa, seguiendo así las sugerencias de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) en este tema.

En muchos casos esta circunstancia provocó que tanto el sentido de la arqueología como sus objetivos se vieran subordinados a los proyectos de restauración, dependiendo siempre o en la mayoría de los casos de los plazos y las estrategias constructivas, así como de la puesta en valor de las obras cuando las necesidades arquitectónicas fueran determinadas.

Gracias a la voluntad de la Oficina del Historiador de la Ciudad, se ha podido concretar un derrotero conjunto de trabajo entre los planes de restauración y los intereses arqueológicos, lo que dicho sea de paso muy pocas veces se ha logrado en situaciones y espacios similares, no solo en Cuba sino también en otros países.

A pesar de los tanteos iniciales, no se perdió de vista la formación de quienes se encargarían de guiar estas tareas de investigación, realizadas en forma empírica y con gran dosis autoformadora, llevadas a la práctica a través del quehacer y del error, del volver a hacer y continuar pero siempre con una sabia directriz científica.

Desafortunadamente, ni en aquel momento ni hoy, la Arqueología ha contado con un reconocimiento para su estudio de grado, de modo que pueda transmitirse a nivel medio y superior el conocimiento acumulado. Esperamos que en un futuro próximo los que tienen la potestad de crear las vías lo entiendan y ayuden a consolidar la escuela cubana de Arqueología.
No obstante, de cierta forma se ha podido suplir esa carencia gracias al empeño de algunos especialistas, pues se han ido formando nuevos arqueólogos por diferentes vías, incluidos los cursos en la Escuela-Taller Gaspar Melchor de Jovellanos, pertenecientes a la Oficina del Historiador, los ofrecidos por el Gabinete de Arqueología –también de esta institución- y de otros de postgrado que se han auspiciados por el Centro de Antropología y el Museo Montané. La Universidad de Oriente, junto a la Casa del Caribe, también tienen la arqueología dentro de sus objetivos de trabajo.

Cuando se acomete una línea de investigación en la Arqueología Histórica, esta debe contener –al igual que cualquier otra disciplina científica– una alta precisión en la determinación y finalidad del trabajo, y que en ningún momento se confunda el área de labor con el objetivo de la ciencia en sí, o lo que es lo mismo, no debemos excavar por excavar, sin un objetivo definido de antemano y un propósito preestablecido para poder lograr un resultado acorde con la razón de esta ciencia.

Se debe probar que el recurso arqueológico es el que corresponde a la operación emprendida, de modo que este se pueda ampliar, complementar y por rectificar la documentación existente y, así, marcar el paso de lo que se va a ejecutar en lo adelante.

En la Habana Vieja se ha aplicado la especialidad de la Arqueología Histórica y se dieron los pasos necesarios para su desenvolvimiento y, como resultado, se ha obtenido una información de primera mano en respuesta a una estrategia concreta y definida. Hasta las excavaciones realizadas en 1968, no se sabía qué había bajo la ciudad y fue entonces, cuando, al despejar incógnitas que guardaba celosamente el subsuelo antropogénico, se tomó conciencia de que debía existir un estudio sistemático de lo que fue superponiéndose en el tiempo y de que cada sitio arqueológico debía abordarse con la metodología más apropiada.

En ningún momento la Arqueología Histórica en La Habana Vieja ha tratado de hacer historia arquitectónica o de estudiar solamente los materiales o evidencias que se hayan exhumado de este subsuelo, sino que siempre ha tratado de aunar intereses en aras de un fin mayor: revitalizar La Habana Vieja, conocer plenamente su pasado arqueológico mediante las técnicas más modernas, y aumentar el caudal de información histórica.

Esto debe lograrse cumpliendo la premisa de que cada edificación será rehabilitada según la época en que se erigió o aquella en que le fueron realizadas transformaciones irreversibles, cuya expresión ha perdurado en el tiempo. Esta concepción atañe en especial a los inmuebles ubicados en la zona intramuros, cuya historia puede definirse con ayuda de la Arqueología y sus métodos, capaces de estudiarla orientadamente sin tener que depender de la documentación manida o de evidencias ya catalogadas con anterioridad, que no reflejen la verdadera existencia del inmueble y su momento de vida en el tiempo.

En el decursar de esta puntual operación han existido excavaciones y estudios que marcaron momentos muy precisos dentro de la práctica arqueológica en la Habana Vieja. En los años sesenta la estrategia utilizada consistía en rescatar los inmuebles y entornos físicos de cualquier tipo que se encontraran en peligro, porque era la única forma de encarar el reto que la historia nos planteaba y todavía la especialidad en Arqueología Histórica se conformaba como ciencia nueva y, sin lugar a dudas, mostraba su debilidad teórica y metodológica en ese momento específico.

Bajo esta óptica se ejecutaron los trabajos arqueológicos de la Parroquial Mayor, inicialmente, y de la Casa de la Obra Pía, los cuales posteriormente cubrieron una necesidad importante en la investigación de su tiempo y significaron un invaluable aporte a la tarea de identificación y fechado de artefactos provenientes del subsuelo habanero, así como todas las sistemáticas novedosas de su momento, y no podemos olvidar que estos fueron los primeros trabajos que se hicieron en La Habana, representando ejemplos precisos en el territorio, clásicos exponentes de la Arqueología Histórica en particular que, por la fecha en que fueron hechas, pueden considerarse entre las primeras realizadas en el ámbito del Caribe.

Los inicios de la Arqueología Histórica en la Habana Vieja se remontan a 1968, como he dicho, cuando se efectuaron excavaciones en la Casa de la Obra Pía o de Calvo de la Puerta, y en sus paredes se encontraron las primeras pinturas murales en la ciudad y de su caballeriza se extrajeron los exponentes cerámicos que se sacaron, pertenecientes al siglo XVI. Las excavaciones realizadas en el edificio de los Capitanes Generales, hoy Museo de la Ciudad, y donde estuvo inicialmente enclavada la Parroquial Mayor, pueden considerarse anteriores en el tiempo y el primer caso de una investigación arqueológica previa a un proceso de restauración; también hubo especial interés en rescatar las reliquias de su subsuelo, que pueden ser las primeras de contexto religioso halladas en Cuba, utilizando el estudio estratigráfico por primera vez.

Posteriormente se efectuaron algunos trabajos que perseguían reconstruir modos de vida del pasado como parte del estudio de grupos sociales enmarcados en una región determinada, un ejemplo es el Convento de Santa Clara de Asís. A este tipo de Arqueología se le llamó de “traspatio”, aunque en Santa Clara se indagó mucho más allá de los detalles constructivos y se llegó al estudio profundo de toda una comunidad religiosa.

La ejecución de las excavaciones arqueológicas en la Habana Vieja, en su ejecución, pueden dividirse en cuatro contextos principales: el civil, o sea edificios públicos; el doméstico o morada de familias; el religioso, en el que pueden estar las iglesias y los conventos; y las construcciones militares, muy especialmente castillos, baluartes y baterías.

Los contextos domésticos son los más trabajados en el ámbito de La Habana intramuros, porque por lógica están acordes con el proceso de rescate de los inmuebles que albergan la gran mayoría de los museos del complejo museístico de La Habana Vieja, declarada Patrimonio de la Humanidad en 1982 por la UNESCO; dentro de esos inmuebles, objetos de estudio, se encuentran los de Mercaderes l5, el antiguo colegio San Ambrosio, que hoy es el Museo de la Casa de los Árabes; la casa de la familia Sotolongo y que tiene ahora los predios del Hotel Valencia. La Casa de Juana Carvajal donde está la sede del Gabinete de Arqueología, una de las moradas de más bella historia, y la de Muralla 60, donde se encuentra actualmente la Empresa de Restauración de Monumentos. Todos estos trabajos fueron realizados en los años ochenta.

Dentro de este mismo contexto doméstico, en los noventa, se han efectuado puntuales excavaciones como, por ejemplo, en la antigua casa de Mariano Carbó, hoy sede del museo del pintor Guayasamín, que perteneció a Gaspar Rivero de Vasconcellos; la de Santiago C. Burnhan, que hoy es la sede de la Casa Simón Bolívar, y la de los condes de Villanueva. La vivienda de los condes de Santovenia fue objeto de un estudio arqueológico muy especial, sobre todo en la parte dietética, lo que permitió una información muy valiosa y, además, representó la posibilidad de excavar una zona primada de la ciudad. En su contenido de tipo doméstico fue rescatada una cerámica de origen español no encontrada en otras excavaciones anteriores y que ha sido catalogada con este nombre; se han encontrado en su subsuelo pruebas de que el nivel del mar llegaba hasta el lado norte de la mansión.

Los contextos religiosos tienen innumerables exponentes, dentro de los cuales un ejemplo representativo es el Convento de San Francisco de Asís, donde dentro de sus excavaciones y trabajos arqueológicos estructurales llamaron poderosamente la atención las pechinas rellenadas con cerámica vidriada del primer tercio del siglo XVIII. Otros trabajos arqueológicos en sitios religiosos los podemos observar en la Capilla del Loreto de la Catedral de La Habana, la capilla de la Fortaleza de San Carlos de La Cabaña, el Convento de Belén y la Iglesia y Hospital de Paula.

Los ámbitos militares han sido objeto de estudio histórico durante mucho tiempo en nuestro país; el primer trabajo de restauración efectuado en estos parajes se realizó en El Morro de Santiago de Cuba, pero indiscutiblemente es La Habana la que tiene mayores exponentes, de los cuales se han excavado la Garita de La Maestranza, donde se encontró el horno de cubilotes más antiguo de Cuba y moldes de fundición de piezas de artillería habaneras. También se han hecho trabajos en la Cortina de Valdés, en la Fortaleza de El Morro o Castillo de los Tres Reyes, donde se pudieron evidenciar las bases del Baluarte de Santo Tomás. Se excavó además en el Castillo de La Punta, y en el más antiguo de América, el Castillo de La Real Fuerza, así como también en la Fortaleza de San Carlos de La Cabaña, todos situados en los predios de La Habana intramuros.

A partir de la creación del Gabinete de Arqueología, en 1987, se estableció una verdadera pauta a seguir en materia de arqueología histórica, pues se logró una interrelación entre las búsquedas arqueológicas y el plan de restauración de la Habana Vieja. Con el rescate de grandes obras ya dentro de un ámbito delimitado y vital, se pensó en ella como en un museo representativo de las ciudades caribeñas, capaz de superar, por la diversidad de contextos cronológicos, a sus similares de Santo Domingo y Puerto Rico.

Santo Domingo constituye, en verdad, un exponente insuperable de la ciudad del siglo XVI, pero solo de ese siglo, mientras que en San Juan de Puerto Rico prevalecen y predominan los entornos de un siglo XIX, sencillos y criollos, pero también algunos fastuosos.

Por su parte, San Cristóbal de la Habana conserva un amplio panorama que abarca ininterrumpidamente exponentes de los siglos XVI al XIX, que muestra hoy al mundo elementos de casi todas las variantes arquitectónicas domésticas, civiles, militares, eclesiásticas y comerciales. A lo que se añade una gran muestra del registro arqueológico artefactual, para su estudio pormenorizado, sin parangón en el área caribeña, lo que se
expresa en patrones dispuestos a cualquier fase de investigación.

Las indagaciones que hasta el momento se han realizado en torno a la frecuencia relativa con que aparecen los diferentes grupos de artefactos (cerámicas, vidrios, metales, huesos, maderas, piedras, etcétera), permitieron definir rasgos esclarecedores que ayudaron a interpretar los puntos sobresalientes de aquellos sitios, sobre los cuales la documentación e información es casi nula, o presenta incógnitas que solo la arqueología puede dilucidar.

Mediante este enfoque tipológico y cuantitativo se investigaron con carácter individual las cerámicas mayólicas del siglo XVI en Calvo de la Puerta (Casa de la Obra Pía) y la porcelana oriental en La Habana, estudios que sirvieron de base para reconocer patrones que posibilitaron inferir la conducta humana.

Por otro lado, el análisis de la cerámica mexicana del siglo XVII proporcionó una luz para desentrañar las redes del comercio intercolonial en etapa tan oscura.

Es de vital importancia reconocer el aporte que la Arqueología Histórica ha brindado al estudio histórico social de La Habana intramuros desde una perspectiva regional que, al asumir la parte antigua de la ciudad como ámbito temporo-espacial donde se desarrolló un proceso sociocultural concreto, la ha convertido en un universo idóneo para la investigación.

Con ayuda de la Arqueología Histórica se han clasificado los diversos contextos físicos, delimitándolos mediante el análisis profundo de las sucesiones estratigráficas y la secuencia de los materiales exhumados.

Las excavaciones realizadas en el Convento de San Francisco de Asís y en la Casa de los Condes de Santovenia, no fueron tratadas como inmuebles particulares o estudios de caso en sí, sino como áreas que representan el desarrollo acaecido históricamente en un momento dado de esta región. Siguiendo esta misma directriz puede tomarse la cerámica como referencia para investigar la unión de varias culturas y las resultantes de esta fusión en una ciudad como la nuestra, arquetipo de tales combinaciones.

El estudio de la cerámica de contacto o transculturación –llamada “colono ware” o “criolla”– ha permitido saber hasta qué fecha se dio esta simbiosis, y además ha arrojado evidencias muy concretas sobre el comercio, tanto el lícito, o sea el permitido por las autoridades, como el comercio ilícito o de contrabando, constatados o no en las fuentes documentales de la época.

Como disciplina científica, la Arqueología Histórica en la Habana Vieja no se subordina a la restauración, sino que una y otra se han unido y complementado, y el resultado hasta el presente ha sido un muy valioso abrazo, el cual no está exento de errores, aunque la suma final es lo que vale y esta es de excelentes valores ostensibles.

A treinta años del comienzo, podemos mencionar entre los precursores de esta ciencia en esta Habana –además de Eusebio Leal, alma y acción– a los también arqueólogos Leandro Romero, Rodolfo Payarés, Ramón Dacal, Rafael Valdes-Pino, Eladio Elso, y recordar con gratitud al artista Ernesto Navarro. Ellos lucharon, trabajaron con esmero y allanaron el camino que hoy prosiguen los más jóvenes.

A todos nos corresponde enfrentar el reto de un futuro en que La Habana, ciudad de maravillas y misterios, reencuentre su pasado y el del hombre que la habita y la sueña.

 
 
 
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