Por María del Carmen Barcia
Durante muchos años he estudiado y también escrito sobre la esclavitud, pero Los ilustres apellidos: negros en La Habana colonial aborda otra faceta de los africanos y sus descendientes, pues es un libro que pretende reconstruir algunos aspectos de la vida de los negros y mulatos libres en el espacio habanero, específicamente en una ciudad que en buena parte fue construida con su trabajo y que cobijó a sus familias, sus duelos y sus festejos, es decir, su quehacer cotidiano.
Desde el siglo XVI la población negra y mulata tuvo una alta representatividad en la Isla. En 1607 La Habana contaba con 6 400 habitantes, de los cuales 3 000 eran “de color”. Más adelante, en los años censales de 1774, 1778 y 1827, la población negra y mulata de la ciudad fue mayor que la blanca, e inclusive, en 1774 y 1827, la proporción entre esclavos y libres fue paritaria. En 1861 constituía el 48,1% de los habitantes de la ciudad.
A lo largo de esos siglos hombres y mujeres negros trabajaron en las áreas rurales –en plantaciones, haciendas y sitios de labor–, y en las ciudades, donde esencialmente desempeñaron actividades y oficios vinculados al sector terciario: regatoneaban por las calles, vendían en establecimientos fijos, realizaban todo tipo de faenas domésticas, eran aguadores y carretoneros, capataces en los puertos y albañiles en la construcción. Las mujeres se desempeñaban como posaderas, lavanderas, nodrizas, parteras o cocineras. Las artes, entendiendo por estas todo lo que se hacía por industria y habilidad de los hombres, les fueron consustanciales, pues eran destacados carpinteros, excelentes sastres, aplicadas modistas, magníficos zapateros y músicos talentosos.
Tal vez su huella más permanente ha quedado en las viejas fortificaciones que construyeron en los primeros siglos, en estas iniciaron su aprendizaje como herreros, canteros, carpinteros o albañiles. También edificaron palacios, caminos y carreteras. Levantaron con su trabajo la ciudad y sus barrios, a los que bautizaron con nombres sonoros: a El Ángel como Cangrejo; a San Agustín como Pluma; a La Merced como Campeche; a El Cristo como Legía; a Monserrate como los Doce Pares de Francia; a Santo Domingo como Estrella; a San Juan de Dios como Granada, y a Oeste de Belén como Curazao.
Es cierto que todos los africanos que arribaron a nuestras costas fueron esclavos en determinada etapa, y también que tuvieron que adaptarse a formas sociales que en un primer momento les fueron ajenas, extrañas, y en ocasiones, incomprensibles. En esta ciudad, como en otros sitios de la Isla, construyeron sus familias, desplegaron sus redes parentales, desarrollaron formas de sociabilidad específicas en sus cabildos y cofradías y en los Batallones de Pardos y Morenos.
Esos son los asuntos que abordamos en este libro, con una nueva mirada, desprejuiciada y curiosa, y con la intención de mostrar todos los valores que sembraron, así como todas las huellas que dejaron en una cultura de la cual forman parte innegable.
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