| Por Rodolfo Alpízar Castillo Un día de 1983 o 1982, no recuerdo bien, llegué a la sede de la revista Mujeres y pregunté por el responsable de la sección cultural. Llevaba conmigo algunos cuentos. Intentos anteriores, en otros lugares, me hacían dudar de verlos impresos; hasta comenzaba a pensar que no era capaz de escribir literatura artística publicable. Al poco rato, un hombre de aproximadamente mi edad llegó, dijo llamarse Waldo González y ser quien yo buscaba. Echó un vistazo a los textos, escogió unos y me devolvió el resto. “Déjame evaluar estos; no te prometo nada, pero veré si al menos uno puede salir en la revista. Yo te llamo.”
Después vendrá con aquello de que no hay espacio o no se ajustan al perfil, pensaba en el camino de regreso. Waldo había sido cortés, había soportado mi verborrea de autor inédito que imagina tener algo de valor en las manos, y hasta había intentado ahuyentar mi incipiente desconfianza en mis posibilidades, pero…
Pero nada. Pasado cierto tiempo –“acaso un siglo”, diría Guillén– una llamada me anunciaba que dos de mis cuentos aparecerían en la revista, uno lo sería de inmediato, otro debería esperar un poco.
“El último Cayetano” se llamaba el primer afortunado. Gracias a eso (o por culpa de eso), persistí en la manía (esa cosa propia de los locos) de creerme literato. “¿Por un simple cuentecito que te publicaron?”, preguntará algún aguafiestas. Pues, sí, vea usted. Porque ese cuentecito fue leído, entre otros, por el cubano Francisco Martínez Hinojosa y el gallego Xosé Neira Vilas, ambos amigos de Marvilia, mi esposa por entonces. No dijeron “qué bonito”, ni alguna de esas frases usadas para no aconsejar: “mejor dedícate a otra cosa”. Solo afirmaron, cada cual por su lado, que detrás de ese cuento estaba una novela.
Y era cierto, varios textos míos, de una forma u otra, indicaban que una novela estaba armándose dentro de mí. Yo lo intuía, pero estaba indeciso, porque no me satisfacía la forma de muchos de mis cuentos (por algo no han llegado hasta hoy), y tenía miedo de que aquella en la que me sentía cómodo (la del cuento afortunado) fuera rechazada por las editoriales.
Por entonces, Romualdo Santos –lamentablemente, fallecido hace algunos años– puso en mis manos Levantado do chão, de un desconocido José Saramago, que yo debería evaluar. ¿Qué tiene que ver Saramago con lo que vengo diciendo, aparte de ser mi autor de cabecera? Todo, descubrí que así, de esa forma, la suya y la de “El último Cayetano”, era como yo debía escribir mi novela.
En 1985, tres meses sabáticos en Moscú me proporcionaron el tiempo para escribir. Max Figueroa y la inolvidable Bibi Tristá soportaron, durante 45 días, que les leyera cada mañana lo escrito la noche anterior. Max tuvo, además, la paciencia de leer el texto íntegro, cuando en 1986 lo pasé a máquina. Antes lo había hecho Esteban Llorach, quien me señaló una omisión importante.
Max me indicó mostrarle el original a Enrique Saínz. Lo hice, y muerto de miedo me senté una tarde a su lado a “escuchar la sentencia”. Como resultado, presenté Sobre un montón de lentejas a la UNEAC, que la publicó en 1989. La edición se agotó enseguida, por lo que quienes han escrito sobre literatura cubana de los 80 del siglo XX no saben de su existencia. En 2000 la editorial Caminho publicó la versión portuguesa. Ahora, a 20 años de la primera, reaparecen mis lentejas, esta vez por la editorial Boloña.
Confieso que una vez publicada mi novela me creí el cuento de que puedo escribir literatura, y no he parado de hacerlo. Pero la culpa la tienen Waldo González y la revista Mujeres (y, vaya cosa, también algunos lectores). Reclámenles a ellos, no a mí.
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