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Arqueologías de La Habana, La Habana que reaparece

Por Orestes M. del Castillo del Prado

La imaginación fértil, la creatividad desbordante, la inquietud investigativa y una dedicación al trabajo digna de un monje benedictino, fueron las características personales de Francisco Javier Bedoya Pereda, Kico o El Bedo, para sus compañeros de aulas –desde la escuela primaria hasta la universidad–, o simplemente Bedoya.

Condiscípulo de aulas universitarias del mayor de mis hijos, con quien hizo en conjunto varios trabajos académicos, lo tuve en casa durante muchas ocasiones, lo que me dio oportunidad, a más de comentar y criticar lo que hacían, de conocerlo muy bien.

Tenía una personalidad curiosa; extremadamente serio en su trabajo, estaba dotado, sin embargo, de un sutil y agudo sentido del humor; era presto a la colaboración –en esto recuerdo el denuedo con el que se entregó a buscar y organizar datos para el proyecto que debía elaborar Juan Luís Morales Menocal con el fin de homologar su título de arquitecto en Europa, con el diseño de una biblioteca, que al final un tribunal conservador calificó como “muy de vanguardia” –y siempre fue respetuoso y muy medido en todos sus actos.

Castillo de los Tres Reyes del Morro

Tuve la suerte de contar con la destreza de su ágil mano –nunca lo vi dibujar con otra cosa que sus propias y hábiles manos, nunca lo vi utilizar los programas de dibujo informatizado– cuando aceptó hacerme los gráficos que requería la patente de invención que, conjuntamente con el ingeniero Gonzalo Paz Teijeiro, solicitamos para un sistema de nudos para mallas especiales que ha sido extensamente empleado en Cuba.

Lo vi varias veces en Madrid, pues siempre me gustó conversar con él e interesarme por lo que hacía. En una de esas visitas me mostró el sitio donde trabajaba en el imponente edificio de la Biblioteca, y me condujo a un recorrido por el interior de ese magnífico inmueble del Paseo de la Castellana donde pasaba largas jornadas de rigurosa investigación.

No era solo un magnífico dibujante, también su condición como proyectista fue muy destacada, desde el desarrollo de los diseños contenidos en las asignaturas de proyecto, culminadas con un brillante trabajo de diploma, hasta los realizados una vez graduado. Participó, en equipo con Teresa Ayuso, Juan Luís Morales y Rosendo Mesías, en concursos de proyectos de renovación urbana, para diversos edificios, incluido uno de carácter internacional en Tokio. Pero su proyecto más relevante, sin dudas, fue el que lo condujo a ganar el primer lugar en un concurso para un edificio en la céntrica esquina habanera de Reina y Águila, donde compartiría emplazamiento con el Palacio Aldama, ocupando un espacio de aproximadamente media hectárea de superficie. Se trata de un enorme complejo de comercio, servicios y viviendas, y su diseño enfrentaba el extraordinario reto de la vecindad con uno de los mejores ejemplos de la arquitectura neoclásica cubana del siglo XIX; por su expresión formal, basada en una reinterpretación contemporánea de los elementos estilísticos del entorno, puede considerarse un claro ejemplo de la posibilidad de insertar los criterios y conceptos propios del tiempo del arquitecto que interviene en un contexto histórico, siempre que determinados códigos y regulaciones sean respetados.

¿Por qué he titulado este prólogo “Arqueologías de La Habana, La Habana que reaparece?” Bedoya recreó con su rica imaginación y su profundo espíritu investigativo los espacios urbanos y los repertorios de la arquitectura militar, religiosa y civil de La Habana colonial. Ese fue su primer trabajo, en el que las obras incluidas cuentan con precisas y definitorias fichas técnicas; después dedicó gran tiempo y esfuerzo a realizar una reconstrucción arqueológica del desarrollo de la ciudad, con magistrales dibujos que superponen edificaciones las cuales sucesivamente ocuparon la misma parcela; tal área de su trabajo lo identifica como un investigador que va a las raíces, y esto explica una parte del título de los presentes apuntes. Parte extremadamente importante para la que lo completa aludiendo a la obra del resurgimiento, de la cual, lamentablemente, no pudo, al menos, ser testigo.

La serie de dibujos que compone el conjunto “Arqueologías de La Habana” permite reconstruir la ciudad de acuerdo con sus etapas de desarrollo y transformación.

Antiguo Hospital de San Lázaro

En algunos de ellos –y cito como ejemplo los que muestran una etapa del canal de entrada a la bahía en el siglo XIX y otra correspondiente a la primera mitad del XX, donde se da la lectura del cambio que significó rellenar el espacio ocupado por el mar para dar cabida a la Avenida del Puerto y a la obra paisajística de Forestier– se mezcla una realidad casi fotográfica con una representación esquemática, esta vez de las fortificaciones y de otras construcciones, para destacar –con toda intención– la permanencia de las primeras y la ausencia de las segundas, las que dieron paso a nuevas edificaciones.

En otros, como en la magistral secuencia de la Plaza de Armas, que comienza por la superposición de las plantas de los edificios las cuales han ocupado sucesivamente ese espacio urbano, una representación muy lineal que continúa con las detalladas perspectivas aéreas del tránsito constructivo del período de
1770-1776 hasta finales del siglo XX, se mezclan conceptos de la técnica empleada para la ejecución del dibujo de una forma característica, muy propia del autor.

Resumen este recorrido arqueológico dos piezas que dan al lector
–por la diferenciación de los trazos y de las tonalidades– una extrema facilidad para visualizar las sucesivas fases de ocupación del suelo durante distintos períodos de tiempo, la primera de ellas, una abarcadora planta general que contiene a la Plaza de Armas, la Plaza de la Catedral y el Castillo de La Real Fuerza, y la segunda, titulada por el propio Bedoya “La Habana Arqueológica”, un precioso dibujo que muestra la margen oeste de La Bahía de La Habana, desde el emplazamiento del Castillo de San Salvador de La Punta hasta la Plaza de San Francisco de Asís, donde la tinta sepia representa las construcciones demolidas o desparecidas y permite conocer ubicación e imagen de los inmuebles que ya no están.

Iglesia del Santo Ángel Custodio

Estos estudios –tan rigurosos y a la vez tan creativos como toda obra que se muestra en el libro– son además de una muy valiosa expresión artística, un soporte para la investigación y el conocimiento de la evolución arquitectónica y urbanística del Centro Histórico.

Quiero entonces referirme a la utilidad que entraña la titánica labor de Bedoya para aquellos entregados a “hacer reaparecer La Habana”.

El riguroso basamento histórico de las fichas es indudablemente un valioso instrumento de trabajo que brinda una extensa información sobre cada una de las edificaciones que se exponen, sobre todo si se tiene en cuenta la significación de la referencia al lugar de obtención de los datos seleccionados para elaborar dibujo y ficha. Otro elemento digno de destacar es la técnica empleada: línea sobre línea, dejando correr rápidamente su prodigiosa mano izquierda armada de una pluma de dibujo sobre el papel, Bedoya pasaba y repasaba, hasta darle una textura muy fuerte a la obra.

Hay quien ha señalado que en los espléndidos dibujos de La Habana desaparecida los edificios aparecen desolados, sin una imagen humana que brinde una referencia a la escala de la obra. Creo que lo hizo a propósito: un edificio “habitado”, aunque fuera por esas imágenes que los arquitectos utilizamos en las perspectivas de los inmuebles, no daría nunca la impresión de una “Habana desaparecida”. La falta de esas imágenes para nada significa carencia de dominio en la representación de la figura humana. Comprobación tácita de su maestría en ese campo puede hallarse en la magnífica pieza dibujada en 1985, que ilustra la llegada al Puerto de La Habana de una nave cuya tripulación queda atónita al contemplar el paisaje urbano desplegado ante sus ojos, con el pequeño y sólido Castillo de La Real Fuerza al frente, edificación que fue también objeto de un análisis de su construcción, desarrollo y transformaciones, representados sucesivamente en imágenes que lo describen en su etapa constructiva, a principios del siglo XVII, a mediados del XVIII y en la segunda mitad del XIX.

¿Y qué decir del estudio minucioso del Cementerio General, obra del ilustrado obispo Juan José Díaz de Espada y Landa, llamado por su nombre desde 1867, que permite conocer emplazamiento, planta y aspecto en el momento de su inauguración en 1806?

También las construcciones civiles más importantes de esa Habana que ya no está aparecen representadas en todo su esplendor, y hay un hito en la imagen –única– del Teatro Principal, con su recia y hermosa apariencia.

Nos falta Francisco Javier Bedoya Pereda, Kico, El Bedo, o simplemente Bedoya, físicamente, sí, pero su obra, su rica y expresiva obra está ahí y lo hace omnipresente. También nos falta su versión de La Habana que reaparece, la imagen recuperada de aquellos monumentos a los que dedicó su interés y su amor. Valga esta evocación personal y entrañable para recordarlo, para contribuir modestamente a que su obra perdure, informe y sirva de enseñanza.

¡Salve, Francisco Javier Bedoya Pereda, Kico, El Bedo, o simplemente Bedoya, los que contemplamos tu obra, te rendimos tributo!

 
 
 
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