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Jóvenes pianistas de clase mundial en La Habana

Por Claudia Fallarero
13 de Junio de 2014

II Encuentro de Jóvenes Pianistas Ampliar imagen
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II Encuentro de Jóvenes Pianistas

Finalmente ha llegado junio, y en las tardes una vez más La Habana y su Centro Histórico acogen el esperado Encuentro de Jóvenes Pianistas que, en esta segunda ocasión, proponen de conjunto la Oficina del Historiador y el Instituto Cubano de la Música bajo la magistral dirección del pedagogo cubano Salomón Gadles Mikowsky, con la coordinación especializada en conciertos del Gabinete de Patrimonio Musical Esteban Salas de la Dirección de Patrimonio Cultural de la Oficina del Historiador.

Una abundante correspondencia con Salomón Mikowsky y los pianistas convocados ha acompañado el trabajo de todo un año a fin de cuidar cada detalle. Mientras, la Oficina del Historiador acometía la reconstrucción del Teatro Martí coincidiendo felizmente esta obra con las faenas del segundo encuentro.

Así, cuando el inmueble estuvo terminado, recibimos el nuevo piano Steinway donado por Mikowsky para el Martí y más tarde a Ludwing Tomescu -técnico de esa prestigiosa casa- para poner a punto ese y otros pianos, como el de la Basílica Menor del Convento de San Francisco y el de la sala Ignacio Cervantes en la calle Prado.

Por su parte, la Orquesta Sinfónica Nacional estudiaba desde hace algún tiempo los 16 conciertos para piano y orquesta de esta segunda temporada. Desde finales de mayo todo estaba listo para recibir en La Habana Vieja a 22 pianistas de 11 países. Los extranjeros, 13 alumnos y ex-alumnos de la clase de Salomón Mikowsky; los cubanos, nueve discípulos de maestros como Teresita Junco, Frank Fernández, Ulises Hernández, Mercedes Estevez, Rosalía Capote, María Teresa Pita, Ernán López-Nussa, Aldo López-Gavilán y Patricio Malcolm.

El pasado 4 de junio, víspera del inicio de las jornadas de conciertos -que se extienden hasta el 29 los jueves, viernes, sábados y domingos en el Teatro Martí, la Basílica y la sala Ignacio Cervantes-, varios periodistas preguntaban a Salomón en conferencia de prensa sobre el criterio que respalda la selección de sus alumnos para venir a tocar ante el público de La Habana.

El maestro, que cuenta con una extensa lista de talentosos estudiantes en sus muchos años de formación en la Manhattan School of Music de New York, argumentaba sobre la disponibilidad de estos prestigiosos pianistas, que tienen activas carreras profesionales y numerosos compromisos internacionales, a los que los mueve la gratitud y que hacen suyo el deseo de su profesor de presentar, en la ciudad que lo vio nacer, algunos de sus mejores resultados artísticos. “Todavía me es imposible traer a uno de mis alumnos más sobresalientes -argumentaba el maestro refiriéndose al pianista ruso Krill Gerstein, pues no tiene espacio en su agenda durante los próximos cincos años”.

En su lugar, para el primer fin de semana volaron a La Habana cuatro talentosos intérpretes del piano, dos de ellos presentados en el primer Encuentro, que ya cuentan con un público que les conoce y admira en la Isla. Alexandra Beliakovich (Bielorrusia) y Xiayin Wang (China) tuvieron a su cargo la inauguración, mientras que Kyriakos Sourollas (Chipre) y Alexandre Moutouzkine (Rusia) cerraron la primera semana.

Beliakovich y Moutouzkine -quienes repiten presencia en el Encuentro- ofrecieron además sendos recitales a piano solo el viernes 6 y el sábado 7 en la sala Cervantes y la Basílica, respectivamente.

La inauguración del jueves 5 se inició con las palabras de Eusebio Leal Spengler, historiador de la ciudad, quien hizo énfasis en “la importancia de fomentar, seria y constantemente, el fortalecimiento de la vanguardia cultural que el culto a la música de conciertos supone”.

Así, el Concierto en fa mayor de Gershwin, interpretado por Beliakovich, y el Nº 2 de Rachmaninov, por Wang, no defraudaron al expectante público. Beliakovich y Wang, con fisonomías y temperamentos para la interpretación muy diferentes, mostraron desde el primer día un poco más de aquella receta magistral que nos presentó el año pasado el maestro Salomón: sus alumnos exhiben un increíble dominio técnico y limpieza en la ejecución, que se suman a la exacta y justa medida en la propuesta expresiva y estilística de las obras.

Al día siguiente, en la sala Cervantes, Beliakovich -quien con solo 29 años se prepara para la próxima defensa de su doctorado en interpretación pianística-, presentó un programa de piezas con lenguaje de transición entre el romanticismo y el siglo XX: la Rapsodia española de Ravel -en transcripción para un solo piano de Lucien Garban y Jacques Charlot a partir de la versión del propio Ravel para dos pianos- y la Sonata op. 26 del norteamericano Samuel Barber -poco conocida-, encargada en 1947 para ser interpretada por Vladimir Horowitz y estrenada por este último en premier mundial en La Habana en 1949, dos semanas antes de que la ejecutara en concierto en Estados Unidos.

La Sonata -originalmente concebida con tres movimientos- presenta un final brillante y virtuoso añadido por Barber (como cuarto movimiento) a petición expresa de Horowitz, quien consideraba que el tercer movimiento, Adagio, no cumplía una función conclusiva. La estructura en forma de fuga del cuarto movimiento, así como toda la obra, ha sido tan bien comprendida por Beliakovich que el diálogo de los temas y los matices de sus elaboraciones quedaron al descubierto por completo durante la interpretación. Se trató de un concierto muy amable, facilitado por la explicación perita de las circunstancias de composición del repertorio al que siguió como encore: preludios de Rachmaninov y Gershwin y un nocturno para la mano izquierda de Scriabin exquisitamente realizado, previa autorización dada por Mikowsky para que Beliakovich lo ejecutara aun sin haberlo tocado nunca en privado para su maestro.

Antes del siguiente concierto con orquesta, Alexandre Moutouzkine presentó el sábado 7 en la Basílica un concierto que Mikowsky y el pianista venían curando desde el pasado Encuentro: una integral de obras para piano de compositores cubanos desde mediados del XIX hasta principios de la actual centuria.

Lo sorprendente no ha sido presenciar a Moutouzkine, ruso de nacimiento, tocando música cubana. Con un fino acabado los alumnos de Salomón interpretan obras de la danzística cubana para piano como "propinas" al final de cada concierto. La sorpresa, en el caso de Moutouzkine, radica en la apropiación que ha hecho de unos códigos rítmico-tímbricos, ambientes y contextos culturales subyacentes en un repertorio que transita desde Tomás Buelta y Flores (1798-1844) hasta Aldo López-Gavilán, responsabilidad atribuible a su maestría como intérprete -que le ha valido para ser asistente de Mikowsky y profesor asociado de la Manhattan School of Music- y a la eficaz transmisión de saberes académicos e imaginarios populares del entorno cubano de su maestro Salomón.

Para el domingo 8, en el que se conmemoró el aniversario 130 de la fundación del Teatro Martí, subían a escena el chipriota Sourollas con el Concierto Nº 24 en do menor de Mozart y nuevamente Moutouzkine para interpretar el Concierto Nº 1 en si bemol menor de Tchaikovski. Tanto como sucede con el lenguaje de composición de sus repertorios, los lenguajes de comunicación de estos virtuosos pianistas figuran en extremos opuestos de la palestra.

Sourollas es un músico extremadamente sensible que presentó un Mozart impecable, cuidado en cada fragmento, y que que mantuvo al público en vilo desde la primera nota. Mientras, Moutouzkine consiguió avivar el temperamento impetuoso de la audiencia que colmó el Martí con un Tchaikovski muy virtuoso y convincente. La respuesta de la Orquesta Sinfónica en este domingo puso de manifiesto por qué el maestro Pérez Mesa ha sido para muchos el director preferido en el acompañamiento de repertorios pianísticos.

Para esta segunda semana del Encuentro, ya realiza ensayos con la orquesta el pianista estadounidense Edward Neeman, al tiempo que se espera a Inesa Sinkevych (Ucrania) y Kho Woon Kim (Corea del Sur). La mañana del domingo tendremos la oportunidad de escuchar en la Sala Cervantes a los primeros pianistas cubanos, los jovencitos Rodrigo García y Gabriela Pineda, ambos de la clase del maestro Aldo López-Gavilán.

 Tomado de Cuba Contemporánea

*Claudia Fallarero es musicóloga y especialista del Gabinete de Patrimonio Musical Esteban Salas.